Sientes como el dolor te abruma, empieza a colapsar tu mente. Empiezas a necesitar algo que deshaga el nudo de tu pecho, que acabe con la ansiedad que no para de crecer ahí dentro, tan cerca de tus pulmones que te cuesta hasta respirar. Y las lágrimas empiezan a salir con impotencia, por haber llegado de nuevo a esa situación sin otra opción que la de siempre, y empieza a darte igual porque sabes que nunca va a cambiar, que siempre será tu única opción. Ansias la sangre, el dolor externo que te haga olvidar el interno. Y cuando quieres darte cuenta, ya no puedes pararlo, ya estás buscando psicóticamente cualquier cosa que clavarte con fuerza. Y hasta que no lo haces, no respiras en esa paz tan profunda por la que morirías.
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