«Y susurró "tócame" a la vez que sus verdosos ojos se clavaban en los de él. Avanzó lentamente, hasta que la distancia entre los dos apenas podía percibirse. Él, con suma delicadeza, acarició su brazo y subió la mano hasta sus frágiles hombros, donde la reposó mientras acababa con aquellos centímetros que separaban sus labios de los de ella. Al mismo tiempo que sus lenguas se encontraron para jugar, empezó a deslizar la mano por la espalda de ella hacia abajo, embaucándose en una aventura en busca de lo que nunca antes había encontrado. Sus bocas, cada vez más rápidas y seguras, apenas dejaban tiempo entre beso y beso para respirar. ¿Mariposas? No, aquello se parecía más a un enjambre de abejas asesinas que aceleraban el cosquilleo conforme más abajo llegaba la mano de él. Ella rodeó con los brazos el cuerpo de él, atrayéndolo hacia sí y permitiéndole sentir su proximidad. Sus respiraciones, cada vez más entrecortadas formaban una melodía de la que solo ellos podían disfrutar. Llegó la ansiedad, la mano de él subió el camisón blanco nácar de ella, y agarró con decisión sus nalgas, a la vez que ella rodeaba también con sus piernas la cintura de él, pasó sus manos por debajo de su camiseta, y acarició cada milímetro de su suave y fuerte piel. Antes de que pudiese darse cuenta, él había descubierto el camino a lo más profundo de ella. En aquel beso ya solo se distinguía una fusión de labios, y de un movimiento rápido, la unión de ambos se hizo completa. Despacio, lento, suave, fuerte, rápido. Antes de que alguno de los dos quisiera darse cuenta de lo lejos que habían terminado esos besos inocentes, llegaron al fin. Jadeando aún, se separaron, y ella le susurró un último "te quiero" antes de esconder sus mariposas ante el resto del mundo.»
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